domingo 12 de octubre de 2008

De alta cocina y otras mentiras

- ¿Qué tienes hoy para comer?
- Macarrones.
- Pensaba que habías comido ayer.
- Es que cociné para dos días.
- ¿Y qué tienes mañana?
- Macarrones.

Situémonos en la cocina, esa parte de la casa en la que hasta ahora sabíamos que había un frigorífico (básicamente sirve para enfríar cosas, como por ejemplo bebidas), armarios (básicamente contienen cosas para ir picando hasta la hora de las comidas) y una fregadera (básicamente para beber agua, que también es importante).

A la lista anterior hay que añadir un nuevo aparato: la cocina propiamente dicha (ya sea de gas, vitrocerámica o, como en nuestro caso, eléctrica). Sirve para cocinar los alimentos que guardamos en la nevera o los armarios (sí, contienen más cosas a parte de bebidas y picoteo), y básicamente habíamos decidido obviarla mientras vivíamos en casa por aquello de que ya tenía "dueña".

Que como mami no cocina nadie es una verdad como un templo, pero claro, llega la hora de ponerse el delantal (resulta que no es un uniforme de cocinero sin más, sino que sirve para evitar que las cosas que salpican te manchen la ropa) y empezar a cocinar.

Antes de ponerte a ello cabe hacer una pequeña recolección de recetas, por aquello de saber qué eres capaz de cocinar: macarrones (o spaghettis), arroz cocido, salchichas, patatas fritas, huevos... la lista parece interminable.

Llega la hora de acercarte al fogón. En ese momento, envalentonado por todos los años que llevas viendo cocinar a Arguiñano, no piensas en otra cosa que encender el fuego a tope y colocar sobre él el primer recipiente en el que has vertido una cantidad indiscriminada de aceite (por no saber cuál es la cantidad correcta, mejor que sobre que no que falte) para ponerte manos a la obra. Y mientras se calienta el oleoso producto tú corres a preparar los ingredientes que utilizarás en tu sofisticada y refinada receta: salchichas con patatas.

El aceite está caliente, procedamos. Comenzamos echando, tímidamente, una patata sobre el líquido; parece que la cosa va bien. Echamos el resto y las meneamos a ver si se animan un poco, que parece que están depres. Cuando van cogiendo el punto dorado que las caracteriza (maldita sea, ¿por qué no se me doran todas igual? La próxima vez tengo que echarlas al fuego más rápido, si tardo cinco minutos desde la primera hasta la última el resultado no es óptimo) se procede a sacarlas de la sartén.

Fase 1 completada. Bien. Vamos con la fase 2. Tengo el aceite caliente y las salchichas en un plato: procedamos. El método de trabajo es básicamente similar al anterior. Coloco las salchichas en la sartén y las muevo un poquito... pues no es tan difícil esto de cocinar...
El problema surge cuando las salchichas, vete tú a saber por qué, se encabronan y deciden ponerse a salpicar todo de aceite hirviendo. Ante todo calma. Estirándonos lo máximo posible (con el objetivo de proteger nuestra integridad física), alargamos el brazo para tratar de calmarlas meciéndolas suavemente. No funciona. Y cocinar a cuatro metros de la sartén es seguro pero pelín incómodo. Está bien. Atacaremos por un flanco, esperando pillarlas de improviso, y retiraremos la sartén del fuego. Conseguido. En un fatal despiste de las salchichas hemos logrado cortarles el suministro de calor y, por consiguiente, sus recursos armamentísticos; ya no nos pueden hacer nada.

En ese momento, al ir a apagar el fuego compruebas que sigue a tope. (¿Será el motivo de la rebelión de las salchichas?) Bueno, no importa, la próxima vez irá mejor.

Las sacamos de la sartén y las colocamos junto con nuestras patatas medio hechas, medio quemadas (si me como a la vez una casi cruda y otra casi quemada, ¿se compensarán y el sabor será el de una patata normal?)

Afortunadamente en el armario hay tomate frito. ¡Gracias a Dios!. Ya tenemos más recetas: macarrones con tomate (o spaghettis), arroz cocido con tomate, salchichas con tomate, patatas con tomate, huevos con tomate...

Te queda, eso sí, el reconfortante alivio de estar comiendo algo que has preparado tú mismo. Mañana como fuera.

Nos quedan 47 días en Jyväskylä.

1 comentarios:

Maite dijo...

Que bueno!!, y has tenido mucha suerte a las salchichas las gusta autodestruirse y explotan , toda una experiencia!!!