miércoles 5 de noviembre de 2008

De reflexiones y mensajes en botellas

- He oído que hay una fiesta.
- ¡Desfase!
- Así que otra noche sin límites, ¿no?
- ¿Es que se puede vivir de otra manera?

He dudado mucho en sobre si debería escribir esta entrada o no. He dudado porque siempre me ha molestado que se utilicen plataformas que están dedicadas a algo concreto para usarlas como mero altavoz propagandístico. He dudado porque no me veo como el adalid de causa alguna. He dudado porque no quiero convertir algo puntual en algo digno de mención. He dudado porque no sé si se deberían exponer aquí también las malas experiencias.

Y finalmente me he decidido a escribirla porque al final me ha pesado más la necesidad de relatar la vivencia que la de guardar la compostura. Por lo tanto, allá vamos.

Cada vez que uno oye la palabra "fiesta" llena su mente con escenas de diversión, risas, amigos, conversaciones más o menos amenas y, en la mayoría de los casos, alcohol.
No pretendo, ni mucho menos, convertir este texto en una cruzada contra las bebidas alcóholicas. Yo he bebido, tú has bebido y hasta tus padres lo han hecho. Tus hijos lo harán y no hay nada malo en ello, siempre y cuando no se llegue a la situación que vivimos la pasada noche, y que tristemente se vive cada fin de semana en Roninmäki, en Bilbao, en Madrid, en cualquier lugar.

Existen varios tipos de personas. Las hay que sufren una enfermedad que, lamentablemente, las incita a ingerir desorbitadas cantidades de alcohol sin control alguno que, más pronto que tarde, terminan por convertirlas en el blanco fácil de otro tipo de personas, aquellas, que sin el más mínimo escrúpulo, lanzan sobre ellas desagradables "bromas" y que promueven e incitan a proseguir con el consumo de alcohol. "Bebe, bebe, bebe, bebe..."

Existen personas que contemplan el espectáculo sin participar, y otras que lo comentan meneando la cabeza de un lado a otro, con gesto de desaprovación, esperando, tal vez, un desencadenante fatal que termine por darles la razón.

Existen personas, también, que ignoran que esto pasa y que "pasan" de querer saberlo. Por suerte, también existen personas que tratan de poner algo de su parte para que el triste espectáculo llegue a su fin.

Se me acaban los calificativos para describir el hecho de encontrar a una persona tendida en el suelo, sobre un charco que no es más que una mezcolanza de alcohol y sangre proveniente de un labio partido que ha golpeado el suelo cuando el sentido del equilibrio ya no encuentra más apoyo para funcionar que el de tirar la toalla. Y no puedo calificar tampoco a los cobardes bromistas que se alejan cuando el blanco de sus bromas yace inmóvil y desorientado, falto de toda reacción a sus provocaciones. Tampoco a quienes hacen corro alrededor del nuevo espectáculo, más humillante, más morboso.

Sí que puedo calificar, en cambio, a quienes tienden una mano, a quienes ayudan a levantar a quien se ha caído. La primera palabra que se me viene a la cabeza es "gracias". Gracias por demostrar que no todo está perdido. "Responsable", "solidario", probablemente un nuevo héroe para aquel para quien toda ayuda es poca...

Y esto pasa en cualquier parte del mundo, en cualquier momento. Es algo tan habitual que se ha convertido en parte de la fiesta. No nos sorprende verlo en nuestras calles cuando salimos un sábado, ni en la verbena estival de cualquiera de nuestros pueblos. No nos dignamos a girar la cabeza al pasar frente a un portal en el que cualquiera está echando los restos.

¿Y si es parte de la fiesta? ¿Por qué hablar de ello? Pues quizás porque tal vez la próxima fiesta sea mejor si esto no llega a ocurrir. Porque tal vez deberíamos plantearnos ser de ese último tipo de personas de las que hablaba. Porque tal vez no deberíamos dejar que los "bromistas" sigan "bromeando". Porque tal vez sólo hace falta leerlo para caer en la cuenta. Y si es así, no puedo dejar de escribirlo.

Ayer experimenté en vivo la cara y la cruz de la moneda del comportamiento humano. Observé una mano empujando al suelo a una persona. Reconocí otra ayudándola a levantarse. Sin ningún género de dudas sé a quién me quiero parecer. Yo ya he visto el mensaje en la botella.

Nos quedan 23 días en Jyväskylä.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho tu reflexion Alain. Ojala, todos los ke leamos esta entrada nos concienciemos para ser el tipo de persona ke tiende la mano a kien lo necesita.
Muxus

Ainara.