- ¿Tenemos plan para mañana?
- ¿Cuánto dinero nos queda?
- Como 50 euros.
- Entonces no.
Experiencias que hay que vivir. Viajar (durante una estancia prolongada) a un país extranjero te brinda oportunidades que en los viajes de clase turista no puedes ni oler (ni aunque viajes en business class.)
Por supuesto el hecho de tener tiempo y más tiempo hace que al final te plantees entretenimientos que durante la estándar semana de vacaciones en plan mochilero ni puedes, ni quieres experimentar. ¿Quién va a querer ir al cine en la misma semana que está viendo el coliseo?
Y precisamente por ese motivo, porque aquí tenemos tiempo, probamos cosas "de casa" que tienen ese gusto especial de lo nuevo.
Y nos fuimos al cine. Y elegimos película: "Eagle eye", que en vuestros cines podéis encontrar como "La conspiración del pánico". La cinta en sí misma es una aventura de acción, pero ahora que lo pienso, la crítica que vamos a hacer no es de la película, sino del cine en la que se proyectó. ¡Toma ya! Rompiendo esquemas. Ya me estoy imaginando las columnas de crítica cinematográfica de los períodicos con este mismo enfoque: "la película bien, pero lo mejor fueron los apoyabrazos XXL de las butacas, todo un descubrimiento..."
El hecho más complicado, aunque no lo parezca, fue el de encontrar el cine en sí mismo. En Jyväskylä existe un solo complejo que alberga seis salas. Antaño, según nos comentaron, existía otro cine, hoy reconvertido en discoteca, que tenía la particularidad de que si tocabas los laterales de la butaca recibías un calambrazo (imagino al gracioso de turno guiando la mano del compañero de butaca hasta la zona de electrocución en plena escena de tensión con susto incluído... en realidad, ahora que lo pienso, seguramente yo también lo haría.)
El cine está incluído (cómo no) en uno de los centros comerciales del centro de la ciudad. La taquillera nos muestra la pantalla en la que podemos elegir las butacas donde sentarnos. Tras pagar 9 euros por entrada accedemos a la zona de las salas propiamente dicha. El complejo tiene un pequeño recibidor, en el que está incluída la tienda de palomitas, similar al de cualquier centro (es decir, el combo extra grande de tres kilos de palomitas con dos litros y medio de coca-cola por 6'95€, por un euro más con toblerone), con una pequeña diferencia: aquí las puertas están cerradas. No se puede acceder a la sala sin que el encargado te abra la puerta, el cual no se detiene a comprobar tu entrada o a rasgarla; aquí la tecnología ha sustituido al juego de muñeca, y aunque la entrada tiene una parte rasgable, el encargado lo que hace es leer un código de barras impreso en la misma con un lector portátil... Maravillas del mundo moderno...
Una vez dentro de la sala sobreviene la decepción. Aquí los cines no están a la altura de sus entradas. La sala parecía decorada por un interiorista recargante en horas bajas. Y en el aspecto técnico tampoco destacan: nos cuentan que no están preparados para sonido THX, y la pantalla es poco mayor que la de un proyector doméstico... Se salva, nos cuentan otra vez, por el hecho de que era una de las salas pequeñas del complejo, pero aún así lo cierto es que están muy por debajo de lo que estamos acostumbrados a disfrutar en nuestros cines (por fin están por debajo en algo).
La cinta, una vez comenzada su proyección, se presenta en versión original con subtítulos en finlandés (obvio) y ¡sueco! (no obvio, pero curioso). Una línea para un idioma, otra línea para el otro... Imagino que será para ahorrar copias, que son caras, y de esta forma utilizar las bobinas en un país, y después pasarlas al otro... Esta técnica ya se utiliza en la gran Inglaterra, donde los estrenos (en bastantes ocasiones) son más tardíos que en otros países porque las distribuidoras americanas aprovechan los rollos yankis para no tener que hacer copias locales. Reducción de costes que se llama...
Y de la pequeña desilusión de la sala de cine, nos vamos al ilusionante partido de hockey.
En Finlandia el hockey es el rey. Es como si por allí tuviéramos un deporte de masas que siguieran millones de personas, que se retransmitiera por televisión, que tuviera merchandising... En fin, todo un negocio. Lástima que nosotros no tengamos por allí nada parecido...
El caso es que, tras comprar nuestras entradas con algo más de dos semanas de antelación (18 euros sentado, 12 de pié), y quedarnos con algunos de los últimos asientos que quedaban, aguardamos la espera hasta la fecha del partido.
La llegada al estadio (donde una vez más nos leyeron la entrada con un lector de código de barras) fue la antesala de uno de los espectáculos deportivos más emocionantes que he contemplado.
El estadio, a rebosar, animaba al equipo local (de negro), el JYP de Jyväskylä que, además, va el primero en la clasificación nacional. El rival, Los pelícanos (de blanco), poco podían hacer ante una audiencia entregada y que mantenía sus abrigos puestos (¿por qué no se los quitarán?)
La velocidad del juego, unido al hecho de que por una vez las películas no mienten (aquí los golpes contra la barrera de protección son reales y las peleas entre jugadores también, aunque también es verdad que los árbitros no permitían que duraran mucho) generan un espectáculo que te mantiene en tensión. El disco, al que es tremendamente difícil seguirle la pista, vuela de un lado al otro del campo en décimas de segundo. La violencia del juego (vimos cómo rompían algún que otro palo del golpe propinado) es parte del espectáculo. Pero también lo son las pausas.
El juego del hockey se compone de tres tiempos de 20 minutos entre los cuales hay descansos de 18 minutos. En estos descansos las gradas se vacían y los espectadores acuden a los innumerables puestos de comida rápida y chucherías para saciar sus ansias de gol con la ingesta de algún producto alto en calorías. Nosotros nos atrevimos con un perrito caliente acomodado en un pan dulce que contenía una base de arroz cocido. Sofisticado, ¿eh?
Por supuesto, como en cualquier deporte que se precie, el momento del gol es el más emocionante. Aquí las jugadas son rápidas, y casi no puedes apreciar que el disco ha entrado en la portería. Pero si te lo pierdes, la algarabía del público te indicará que ha ocurrido. La alegría te embarga al comprobar cómo tu equipo (tu equipo desde hace veinte minutos) ha marcado un gol y se adelanta en el marcador. ¡Toma ya! ¡Que se fastidien los pelícanos!
Por cierto, ¡qué frío hace aquí! Por eso no se quitaban los abrigos...
Tras algo más de dos horas (el tiempo de cada parte del partido se detiene cada vez que el árbitro pita algo, cosa que hace muy a menudo) te vas con la satisfacción de haber disfrutado de algo único, algo que cualquier turista en Finlandia no va a disfrutar. Ya eres parte de la comunidad.
Por cierto, los JYP ganaron 2 a 0.
Nos quedan 27 días en Jyväskylä.
sábado 1 de noviembre de 2008
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