sábado 8 de noviembre de 2008

De vapores y duchas frías

- Creo que hoy hay sauna party.
- ¡Qué bien! Ya estaba harto de tanta party a secas.
- Sabes que lo de sauna es porque vas a pasar calor...
- Lo raro, siendo una party, es que no esté caliente...

Experimentemos algo typical finnish. El denominador común que tienen todas las viviendas aquí en Finlandia es que vienen equipadas de serie con algo que por allí sólo encontramos en los spa y centros de relajación. Por supuesto no estoy hablando de una persona encargada de hacerte masajes (si fuera así me quedaría a vivir aquí sin dudarlo un momento), sino de ese cuarto del infierno (por lo del calor) llamado sauna.

Los nativos de la zona dicen utilizarla varias veces por semana, por aquello de que es saludable, elimina toxinas, relaja, ayuda a la respiración y además porque es la única forma de pasar calor en unas tierras en las que se alcanzan los treinta grados bajo cero.

El concepto en sí es bastante básico: un cuarto de madera, aislado del exterior, en el que un calentador hace el trabajo que antaño hacía el fuego. La temperatura que se alcanza en su interior puede variar entre los setenta y los cien grados centígrados (aunque juraría que cuando la probé alcanzamos los doscientos...)

Instrucciones de uso: llegar al "vestíbulo", despelotarte, darte una ducha de aclimatación y entrar en el recinto listo para sufrir. Dicen que la primera vez se disfruta menos que las posteriores (me imagino que como en todo...) pero la verdad es que cada vez que el agua caía sobre las piedras calientes y el vapor inundaba la habitación mis pulmones se cerraban víctimas de la ola de calor. Me comentó después mi compañero de fatigas que me había colocado en el "peor" sitio, ya que allí era donde mayor impacto recibía con cada descarga de agua... La suerte del novato, supongo.

Tras varios minutos guardando la compostura y tratando de no evidenciar que estaba a punto de desmayarme, llegó el turno de la ducha. Es conveniente, por aquello de no morir cocido, salir unos minutos entre sesión y sesión. El problema es que el momento de descanso es otra tortura en sí misma, al menos la primera vez (imagino que como en todo...) Pasar de los setenta grados del interior a los bajísimos grados a los que tenía que estar el agua helada de la ducha provoca un shock anafiláctico que el propio House tardaría medio capítulo en diagnosticar.
Tras la primera impresión, eso sí, se agradece el chorro de agua helada recorriendo tu cuerpo. ¡Qué alivio! La mala noticia viene cuando te invitan a entrar de nuevo en el horno...

El ritual, que así descrito puede parecer algo propio de una tortura, la verdad es que genera adicción. Si sobrevives a la primera batalla, la guerra es tuya. Y como aquí hay saunas por doquier, puedes satisfacer tus deseos de deshidratarte a chorros cualquier día de la semana.

Y como aquí estamos entre el trabajo y el turismo, hemos tenido tiempo de comprobar también cómo funciona una sauna pública, y es que a pesar de que aquí las casas vienen bien equipadas, parece ser que los finlandeses gozan de reunirse en estos lugares, eso sí, sin hablar demasiado, que esto no es una biblioteca pero podría serlo. El edificio, que tiene más de cien años, funciona aún al viejo estilo, con madera ardiendo en una chimenea común (común para la parte de los hombres y de las mujeres) y que genera esas olas de calor que ríete de las del Sáhara.

Y para que nos percatáramos realmente de hasta qué punto la sauna forma parte de sus vidas, nos confesaron que muchas mujeres (en la actualidad quizá no tantas, pero antaño por lo visto sí) decidían dar a luz en estos lugares. Increíble pero cierto, y que conste que digo lo de increíble porque si ya de por sí debe ser duro un parto, no quiero ni imaginar lo que tiene que ser hacerlo a setenta grados...

Pero como nosotros no estamos por la labor de hacer nada parecido, pues seguiremos disfrutando de este pequeño trozo de infierno (pero trozo bueno, ¿eh?) en la tierra.

Nos quedan 20 días en Jyväskylä.